Salir del zurrón

 

 

Lelutié

 

 

 

El sábado pasado fuimos con mi cuñada a ver a Lelutié, un quinteto de humoristas argentinos que nos ha regalado, por el módico precio de 35 euros, su espectáculo “Todo por que rías”, estrenado en Rosario (Argentina) en 1999. Durante dos horas, Les Luthiers (su verdadero nombre, lo mío no es más que una aproximada transcripción de la voz francófona) me han hecho olvidar esa acidez que me provoca el Auditorio cada vez que pienso en el dinero que invertimos los canarios. Y, encima, el sábado tuvimos que estacionar en un terraplén junto a la ermita de Regla, porque los aparcamientos del susodicho estaban reservados para los de la primera fila: ¿cuántos compraron la entrada y llegaron a su hora? En otra época, esos se sentaban detrás o no los dejaban entrar. De cualquier manera, es el mejor lugar que tenemos para acoger a estos maestros del humor, dejada atrás la ignominiosa etapa del Juan Ríos Tejera y del Pabellón de Deportes, por donde han desfilado puntualmente durante una década estos cinco colegauchos embutidos en un smoking.

A pesar de la edad (sexagenarios la mayoría), Lelutié tienen repertorio para rato y con este último (para nosotros) confirman su línea de siempre: ese humor blanco e inteligente que nos sube y baja del colon a las meninges a lo largo de dos horas, provocándonos arcadas ininterrumpidas de placer. Sin embargo, creo que este espectáculo carga demasiado el fiel del lado de la pareja Mundstock-Ravinovich con el magnífico duelo dramático de “Radio Tertulia”, el agón típico de la historia del teatro entre el clown listo (Mundstock) y el clown tonto (Rabinovich), que se remonta a las comedias de Plauto (léase, por ejemplo, el Anfitrión), pero que los más legos reconocerán, por ejemplo, en los Payasos de la Tele (Gabi, Fofó y toda la basca que vino luego). En sus orígenes, Lelutié no lo forman cuatro graciosos que contaban chistes y tocaban la guitarra en la churrasquería, sino que eran químicos, abogados y profesores de conservatorio, que, cansados de ser tan serios y tan listos, se enfundan el disfraz de pingüino para reírse de sí mismos y de la sociedad (al tiempo que le sacan la guita). Lelutié ha sufrido numerosos cambios desde que lo fundara Gerardo Masana, que murió de una leucemia en 1971; pero tal vez el mayor haya sido que han ido perdiendo esa seña primigenia de grupo de instrumentos informales, cuando apenas utilizaban otra herramienta que la de propia factura. Añoramos aquella época del tubófono parafínico cromático y de la Cantata del Adelantado Díaz de Carreras, a la que ha sobrevivido el “latín” o violín de lata, al que seguirá pegado eternamente Carlos López Puccio (el canento). Por eso, los nostálgicos hemos disfrutado especialmente con “Loas al cuarto de baño” y con la Desafinaducha, que es todo un portento de ingeniería músico-sanitaria. Por lo demás, hemos constatado que Mastropiero sigue en forma: en su papel de frustrado compositor de piezas magistrales.

chm00000@teleline.es

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anterior