Salir del zurrón

 

Habemus Papam

 

(In gloriam Ioannis Pauli Secundi)

 

 

M

i tía Candelaria le dijo un día a mi madre que me tenían que meter en el Seminario porque, según ella, tenía “cara de curita”. En aquella época, me alongaba yo con frecuencia al espejo tratando de vislumbrar en mi barbilampiño rostro algún indicio de santidad, o intentando entrever en el pelo algún amago de tonsura. Pero lucía yo por entonces una efébica cabellera de mártir hippy que hubiera provocado un cisma en la Iglesia Católica de haberse cumplido los distraídos pronósticos de mi tía Candelaria.

Viene esto a santo de que a Juan Pablo II (requiescat in pacem) yo nunca le vi cara de curita, sino más bien de esbelto sindicalista de Solidaridad, que hacía footing entre homilías para llegar a Dios por el único camino posible: el del sudor. No se sulfuren los católicos acérrimos, pero queda por hacer entre los teólogos un estudio serio sobre el sudor en la historia bíblica y evangélica, si su intención última es en verdad aprehender a Dios. Lo afirma uno que es creyente y que, además, hace todos los días hora y media de gimnasia. No es casual, pues, que a Karol Wojtyla le gustara también hacer deporte (él, que escribió todo un tratado teológico sobre el cuerpo) y marcarse esos maratonianos viajes en los que tanto sudaba, encerrado en aquel papamóvil, que era una urna motorizada con el aire acondicionado siempre estropeado. El Papa sabía (como lo sé yo desde hace tiempo) que a Dios se llega por intersección de los poros, porque Dios está dentro de nosotros y hay que exudarlo para entrar en contacto con Él. Y no al revés. Ejemplos nos da la Historia: desde el Apostol Santiago, que tuvo que sudar lo suyo para alcanzar las Rías Bajas y meterse una mariscada entre pecho y espalda, hasta Santa Teresa de Jesús, que exudaba divinidad por los cuatro costados de sus moradas. Insisto: queda por hacer ese estudio serio del sudor religioso, del cual me encargaré yo algún día, si los teólogos por fin no se deciden.

Como me temía en los días previos, al final la muerte del Papa se ha quedado tan sólo en un certificado de defunción. En todas las cadenas de la telebasura se rindieron de nuevo al amarillismo, una vez conocida la muerte del Pontífice Magno, y se apresuraron a tirar de archivo (algunos deberían limpiar las telarañas con más frecuencia) para contarnos la Biblia en pasta sobre camarlengos y fumatas blancas sin ton ni son. En los días previos a la muerte del Papa, se puso de evidencia que lo que realmente conmueve a la parroquia no es la desgraciada muerte de un ser humano, sino el morboso y trágico proceso que conduce hasta aquélla. A renglón seguido florecieron entre las ondas las primeras listas de candidatos a ocupar la silla de Pedro. La parienta y yo hicimos también nuestra lista, encabezada por un cardenal nigeriano que para nosotros es el Elegido que ha de llegar a Roma a bordo de una patera para distribuir en el Tercer Mundo ese maná que aguarda desde hace siglos entre el Tesoro Vaticano. Pero tal vez, por eso mismo, no lo elijan.

 

chm00000@teleline.es

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