Salir del zurrón

 

 

Regatón

 

E

l regatón es el reguetón canario, con permiso de los puristas del deporte vernáculo y de mi abuelo Antonio que lo usaba para salir al campo. El regatón es la banda sonora de un coche fantástico que la basca de ahora llama “tuneado”, que viene de tuning pero que también podría venir de tunear, que no es otra cosa que hacer el tuno, según el Clave, que es mi diccionario de cabecera. Pero el regatón es también ese joven de barriada (yo lo fui hasta que me casé y renegué de mis principios), ese moderno charlatán vociferante, como aquel que en otra época llegaba al pueblo, precedido de un grito, a prestar un servicio. El regatón es el nuevo afilador de cuchillos que ha llegado a la ciudad montado en un psicodélico buga para sacarles filo a las chicas que airean sus tangas a las puertas del instituto. El regatón es el nuevo vendedor de pescado que surca la ciudad en su fueraborda de lujo alardeando de género cuando ya todo el bacalao está cortado. El regatón es el nuevo vendedor gitano que trae su barroca furgona cargada con la nueva moda regatona: la cóncava gorra, la patrocinada camiseta, el remangado pantalón, la nikelada zapatilla.

Uno no tiene nada en contra del reguetón ni de los regatones, todo lo contrario: el reguetón se ha convertido en sintonía de mis desconsoladas vigilias y cada noche le pincho Don Omar a la parienta para recordarle aquel antiguo orden de la Naturaleza. Las noches con Don Omar se vuelven más puras, más salvajes, más… tántricas. La basca no entiende el reguetón ni a nuestros regatones porque se queda en el aceite integrado de la superficie. Pero debajo de ese aceite hay algo más que óxido nitroso y trompas de Eustaquio aturdidas. Con su pelo al rente y su mp3 de un giga, el regatón es aquel peludo de nuestra juventud que recorría el barrio de arriba abajo con sus pantalones entubados y la radiocasete al hombro a toda hostia. Con su móvil entre los pulgares y una china en el bolsillo, el regatón de ahora es aquel chungui de nuestra adolescencia que se sentaba en el portón a jugar un subastado y a liarse un porro con hojas de tártago. El regatón, si me apuran, es un joven abuelo Antonio partiéndole el cuello a una gallina del vecino para ver cómo esprinta por la calle como una comparsera desquiciada que busca la medalla de oro de un puchero. Todas las épocas han tenido sus regatones. Cuentan los Clásicos que, en la antigua Grecia, los jóvenes (y las jóvenes) se dedicaban a capar los hermes y los falos que delimitaban los territorios, y que en Roma declinaban por las paredes caca, culo, pedo y pis con más de una falta de ortografía. Los regatones de ahora siguen pintando penes en las paredes (menos que en nuestra época: cosa muy preocupante) y unas vulvas con patas que son como arañas peludas.

 

chm00000@teleline.es

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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