Salir del zurrón

  

 

The Bango’s Blues

  


 

M

 

e hubiera gustado celebrar esta primera salida del zurrón con un blues: el blues de lo que tuvo que ser y no fue. He estado oyendo el disco cibernético del constructor Víctor Rodríguez y más que una sintonía carnavalera, creo yo que el Caso Bango se merecía un blues: The Bango’s Blues.

La exhibicionista iniciativa discográfica de don Víctor viene a demostrar, una vez más, que para que la gente te preste atención hay que montar una pataleta mediática con disco promocional y ballet de macizotas cubanas, que es lo que en realidad “pone” al personal. Sin embargo, a don Víctor Rodríguez le hubiera valido algo menos festivalero y más profundo, como un blues. El blues del Caso Bango hubiera sido ese canto desgarrado de los esclavos de la teguestera finca de El Tagre, una finca que viene a ser  (un suponer) algo así como un campo de algodón reconvertido en plantación de adosados a raíz de unas presuntas recalificaciones. La historia del Caso Bango tenía todos los elementos para que don Víctor Rodríguez se hubiera marcado un blues en toda regla, a la altura de los B.B. King, John Lee Hooker and company. O, incluso, algo más agresivo en plan Jimmy Hendrix. En cualquier caso, un blues. Sin embargo, se optó por lo más fácil, por algo más pachanguero y dicharachero, a la altura de las Carnestolendas, que ahora se incineran los viernes para empalmarlas con el ave fénix de la Piñata. No obstante, hay cosas interesantes —aparte el sonoro pataleo— en el disco cibernético de don Víctor Rodríguez, como por ejemplo el hecho de que utilice el formato mp3, ese gran hermano de la familia discográfica que podría aliviar los retortijones que provoca la piratería a la Sociedad General de Autores: al fin y al cabo, del elepé tradicional de un famosillo cantante la industria musical termina explotando sólo uno o dos temas; lo demás es corcho de embalaje para que el producto abulte y cobrar más.

El emepetrés de don Víctor Rodríguez se me antoja algo efímero que —mucho me temo— va a terminar convirtiendo un asunto serio en tan sólo una canción de moda, en una letra pegadiza, como ha ocurrido con numerosas cuestiones políticas en esta isla: véase, por ejemplo, la controversia del tranvía, que se ha quedado en un eslogan resultón y un pentagrama de calles abiertas en canal. El emepetrés de don Víctor podrá convertirse en esa impertinente canción que terminará de romper la cintura de nuestras alcohólicas noches de Carnaval, pero no creo que vaya más allá. Para eso tenía que haber compuesto un blues, que se hubiera convertido en himno oficial de los juzgados. De esa forma, don Víctor Rodríguez se hubiera convertido en el Rey del Bango’s Blues o, lo que es lo mismo, a la inglesa, en un B.B. King de la denuncia. Sin embargo, se va a quedar en un simpático Giorgi Dan que no torcerá la esquina del verano.

chm00000@teleline.es

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