Lectores

 

 

 

Olor a pies

 

 

Hay algo que distingue al ser humano por encima de razas, condición política o religiosa. Ese algo se llama olor a pies. El olor a pies es una tarjeta de identidad que no tiene nada que ver con esa cédula naranja desvaída que emite el Ministerio del Interior, pero que en cambio nos aclara muchas cosas acerca de la condición humana y del origen del individuo. No voy a realizar aquí un estudio, ni siquiera un esbozo, de pedestre odorología (del latín odor, olor), pero sí me gustaría llamarles la atención sobre aquellos pies que no huelen a nada. Desconfíe usted de un señor (o señora) al que no le huelen los pies. Yo, por si las moscas, cuando me presento a un desconocido me pongo a sus pies, lo descalzo y aplico mis narices con sonora deliberación. Y es que uno no se debe fiar de un individuo al que no le huelen los pies (bien o mal). Las bases de un matrimonio saludable, por ejemplo, deben asentarse sobre la consabida dialéctica aromática. Unos pies que no huelen son unos pies que no son de este mundo, unos pies extraterrestres, pues ya se sabe que en el espacio exterior todo es silencioso e inodoro. Por eso mi mujer, sin ir más lejos, me quiere enviar a la estación espacial internacional, porque allí no le huelen los pies a los astronautas, ni sudan, y hacen sus necesidades en estado de ingravidez y así no manchan la taza.

Al ser humano, pues, hay que entrarle por los pies según esta confrontada teoría mía, porque este mundo está hecho por y para los pies. No obstante, este mundo lo sostiene un gigante que de vez en cuando mueve los pies y provoca terremotos y un olor sulfuroso a queso que preocupa al comité de científicos locales y también, de último, al Instituto Geográfico Nacional. A todos ellos les inquieta que a Atlas le huelan los pies y que de vez en cuando se mueva, el muy gigante, que ya uno no se puede fiar ni de las mitologías. Pero los pies que me preocupan a mí no son los del hijo de Jápeto y Clímene, sino los pinreles de los mortales que me rodean y por eso me obsesiona que a mis amigos les huelan los pies (condición sine qua non), porque lo que en verdad distingue al hombre del mono es el olor a pies, que de eso no se dio cuenta Darwin cuando formuló su teoría de la evolución de las especies y así nos va. En verdad les digo que el ser humano no es más que un mono con olor a pies.

chm00000@teleline.es

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