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Salir del zurrón
Nanay de la democracia
Que vivimos una dictadura democrática está más claro que el agua. No hay más que mirar a nuestro alrededor para observar ese supuesto ambiente de libertad que respiramos y que a todas luces resulta sospechoso. Sólo tenemos que indagar un poco (sólo hurgar un poquito en cada esquina) para descubrir que esas sospecha son, cuando menos, verosímiles. Para empezar, todavía seguimos echando mano de las viejas maneras, sólo que maquilladas con una capa de albayalde griego al que llaman "Democracia". ¿Qué instituciones nos ha legado la democracia para hacernos libres, ciudadanos de derecho y toda esa babosa cantinela? ¿Los famosos Tres Poderes? ¡A otro se las den con queso! Este que está aquí es especialista en derivados lácteos y no le venden una cuajada rancia por Camembert. ¿El Poder Ejecutivo? Digamos mejor: el Estamento Político. Antes no podíamos elegir a nuestros representantes, sufríamos un ambiente de represión política; ahora regalamos ingenuamente el salvoconducto del voto a unos notas para que hagan lo que les da la gana, se enriquezcan a costa del pueblo y todo lo demás. ¿No es eso una forma de dictadura? Otra de las grandes instituciones en que se apoya la democracia moderna es la Banca, una de las fundaciones más libres, igualitarias y fraternales que ha parido sociedad civilizada alguna. Sólo tienen que entrar en cualquiera de estas fundaciones sociales para comprobarlo: te tratan muy democráticamente, da igual si tu cuenta está en números rojos o los azules te chorrean por las narices. Allí siempre encontrarás a alguien que te extenderá un cheque amigo. Alguien me contó una vez que los bancos actúan como organizaciones represoras: cuando vas a sacar dinero, te piden el carné para comprobar tu identidad; sin embargo, si se trata de ingresar, da igual de quien se trate. ¿Es cierta esta historia que me contaron? Desde que hago mis transacciones mediante la alcahueta de La Internet, vivo en el limbo de los encoñados. ¿Acaso usted se cree que la casa donde vive es suya? ¡Nanay de la China! Hasta que no pague la hipoteca, olvídese. Nuestras vidas siguen estando en las manos de un siniestro tercero. ¿Dónde está, entonces, esa libertad? Bueno, es verdad: ya no se observa represión policial como antes (lo del Sur, rara avis), que como se juntaran más de dos, la policía repartía goma por un tubo. Ahora la goma la recibimos por otro lado y no nos cría cardenales en el cuadril. De último también le ha dado a la basca por derribar iconos del pasado en un acto de incontinencia ideológica sin precedentes: tirar estatuas o cambiar el nombre a calles, porque resulta que le nacen orzuelos a nuestro ciudadano deambular. Si hubiera que echar abajo todos los iconos fascistas, habría que remontarnos a la época de los romanos y de ahí en adelante todo seguido. ¡Destruyamos la obra del represor! Con este razonamiento, habría que desmantelar toda España: desde los acueductos romanos a las presas franquistas, pasando por arcos triunfales, alcázares, mezquitas, iglesias y tropiburguers. Si queremos tener un país libre, la idea está clara: ¡hay que demoler España! Y encargarle la obra de reconstrucción a la empresa de un amigote que nos abonará una caca de tres por ciento. Yo empezaría por el solar del Banco de España. |
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