Salir del zurrón

 

 

El tamagochi

 


 

E

 

n el curro nos han puesto el tamagochi ese que va a acabar con los problemas de la Educación en Canarias. A partir de ahora, el señor Ruano puede descansar en paz. El tamagochi es un aparatejo digital (hay que usar los dedos con cierta pericia) del tamaño de una pastilla de jabón lagarto, que, como éste, lava y saca lustre de la ñoña más rebelde. Con el tamagochi se pueden poner las faltas de asistencia del alumnado, endilgarle un cero al respetable, pasar lista y hasta enviarle un mensaje a la parienta para decirle que no te espere a cenar. Porque, aunque la mayoría de la población no lo crea, vacaciones incluidas, quienes nos dedicamos a la docencia trabajamos más que la media. Bueno, todos menos yo, que de vez en cuando me escaqueo para escribir estas lindezas de artículos que semanalmente se me escapan del zurrón. Yo le pongo en el tamagochi que su hijo es un chafalmeja que no sabe hacer la omicrón ni con un canuto y al instante le llega a usted un mensaje al teléfono móvil, en el que se le informa de tamaña agresión a la lengua de Homero. Y es que con el tamagochi de marras se viene a llenar un hueco que pedía con urgencia una buena carretilla de mezcla: la burocracia para las máquinas. Desde que tengo el tamagochi, me siento un hombre nuevo, liberado de burocracias y partes de incidencias. No exagero: ejercer la docencia es un modo de vida que se calza uno desde que se levanta hasta que se acuesta. Incluso hay noches en las que no se duerme. Pero ahora con el tamagochi he recuperado el sueño y, como les digo, soy un hombre nuevo que se ha desenganchado de cierta afición a los barbitúricos. Hasta los alumnos me miran de otra forma. Yo con mi tamagochi en el bolsillo soy como un pistolero que pasea escarranchado por las polvorientas calles del  Far West ante la mirada golosa de señoras y sepultureros. A  veces nos juntamos, a la hora del recreo, un par de colegas del curro con los tamagochis y organizamos la de OK Corral. Yo recomiendo a todos los centros educativos que se agencien el tamagochi este. Hasta tal punto respetan los alumnos al aparatejo (en sus casas respetan más a la tele y a la videoconsola que a sus padres) que un día probé a dejar al tamagochi solo en la clase mientras yo me iba a echar un bocadillo de pollo al bar. Cuando regresé, un par de minutos antes de que sonara la alarma (las sirenas de los institutos son las alarmas de estos modernos campos de concentración para jóvenes), me encontré a los chicos calladitos y atendiendo al tamagochi que les estaba explicando los verbos polirrizos. No abundo en los detalles de este trabajo de campo, porque le estoy dando ideas al Ruano. Con una caja de tamagochis se podría liquidar en un  pispás la lista de sustitutos. Y, encima, no te piden cobrar los meses del verano. Yo creo que habrá un antes y un después en la Educación que vendrá marcado por la aparición del tamagochi. Yo, concretamente, vivo en el año 1 d.T.

 

chm00000@teleline.es

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