Lectores

 

 

Cada cuatro años 

 

 

Hay cosas que hacemos a diario porque, aunque no queramos, no nos queda más remedio. Hay cosas que hacemos, a lo sumo, una vez por semana (por lo general el sabadete). Hay cosas que hacemos sólo una vez al mes (a finales), aunque ya quisiéramos hacerlo a diario. Hay cosas que hacemos una vez al año, aunque nos gustaría que se prolongaran el resto de nuestras vidas... Sin embargo, voy a referirme concretamente a esas cosas que se suelen hacer cada cuatro años, especialmente aquellos en que se celebran Olimpiadas, como el corriente en Atenas.

No suelo ver deporte en la televisión (ni la televisión), pero los quince días que duran las Olimpiadas no me pierdo ni el tiro con arco. Es en estos días en los que se da uno cuenta de la importancia que tiene el deporte para nuestra civilización, especialmente para mí, que también formo parte de ella. En realidad, el deporte siempre ha tenido importancia, mucho antes de los griegos, desde que el atapuerquense practicaba el lanzamiento de jabalina contra los ciervos y bisontes, que eran los jueces-árbitro de aquella época remota. Vamos, como si Mario Pestano la emprendiera hoy en día contra el juez de turno por invalidarme la marca de 72 metros (sobre esa distancia andará la snitch dorada en el lanzamiento de disco) que lo auparía al panteón atlético.

No suelo ver deporte en la televisión, pero tratándose de las Olimpiadas hago una excepción y a veces me dan las tantas de la madrugada (todavía me acuerdo de Sydney 2000) empuñando el florete o volando como una mariposa sobre el estanque olímpico (de 50 metros). En realidad, yo siempre quise ser olímpico de algo, me daba igual el deporte que fuera. Para ello hubiera corrido ("caminado rápido" sería la expresión correcta, para evitar la descalificación) los 50 kilómetros marcha, como esos campeonísimos que se deslizan por el asfalto como si tuvieran un ataque de cosquillas en los riñones (aunque maldita la gracia de correr cuatro horas seguidas). Muchas veces me veía haciendo un finísimo flic-flac sobre la barra fija o arreándole un mamporro certero en el tronco del oído al coreano ese al que siempre se le caen los calzones en la final de judo.

Hubiera dado cualquier cosa, ya les digo, por haber sido olímpico. Aunque todavía tengo tiempo si el sofá-ball lo declaran disciplina olímpica para Beijing 2008 y... Pero así tampoco. Con la euforia ya me había olvidado de que sólo veo la televisión cada cuatro años. Llegaría desentrenado.

Cristo Hernández

chm00000@teleline.es

 

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