Salir del zurrón

 

 

La Eurovisión

 

H

asta hace unos años era un fanático de La Eurovisión: no me perdía un solo festival. Me refiero a aquella época en que Europa eran cuatro gatos y a “Guayominí” le daban siempre “duse puán”. Pero de un tiempo a esta parte, he ido perdiendo esa ilusión que adobaba cada año hasta la indigestión mediante una ingente provisión de pipas, porque el festival más cutre de la historia de la música lo manejan ahora las mafias televisivas y hasta se observa cierto desdén hacia aquella ancestral cutrez con la participación de las estrellas modernosas del folclore local. Antes el festival servía de plataforma para futuras estrellas de la canción ligera, ahora sirve para que cuatro niñatos consagrados antes de tiempo (el certamen de este año parecía el Eurojunior) se promocionen por una Europa que empieza en Campo de Criptana y termina (por el momento) en Israel. Ahora en La Eurovisión ganan siempre los mismos: ora un país báltico, ora uno del mediterráneo oriental. Porque en la nueva Eurovisión se han instalado las mafias que se votan a sí mismas, relegando a la Vieja Europa descoyuntada a la época del Bethoven. Véase, por ejemplo, el palmarés de este año con España, Reino Unido, Alemania y Francia cantando desde el coche-escoba. Los Maestros de Europa relegados a peleles del diapasón. Antes de empezar, ya sabe uno cómo va a terminar la cosa en La Eurovisión, con toda esa metralla de repúblicas bálticas, exsoviéticas, exyugoslavas y extodo, de un continente desvertebrado que la televisión ha ido apañando arteramente con el devenir de las modernas guerras europeas.

Para colmo, ya no sale el José Luis Uribarri y nos han puesto a una señora que va en plan Uribarri, pero más socióloga, pontificando sus conocimientos estadísticos sobre inmigración y justificando que un señor de Moldavia les dé “duse puán” a unos peludos de Noruega, cuando eso no tiene justificación. Resulta que ahora es la basca quien justiprecia las canciones desde la cátedra de su móvil, un aparatejo que se está convirtiendo en la patera tecnológica de nuestra galáctica civilización. Según la socióloga de marras, los griegos se van todos los años a Francia a recoger la fresa para echarle de paso un cabo a su demisruso de turno mandándole mensajitos entre zafra y zafra. Porque La Eurovisión de este año la ganó una griega que se hacía llamar Helena, una indómita y saltarina amazona, imagen lejana de sumisa hermosura que yo siempre le supuse a la querindonga de Paris.

A pesar de todo, la parienta y yo le hemos descubierto un uso pedagógico a  La Eurovisión, aprovechando que Europa escarrancha cada vez más sus fronteras. Nos ha servido para darle un buen repaso a las capitales de los países, que no revisábamos, por intersección de La LOGSE, desde la época de La EGB. Al ritmo de crecimiento que lleva La Eurovisión, en poco tiempo nos vamos a terminar de aprender el mapamundi. Y que Er Bush no se entere.

chm00000@teleline.es

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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