Salir del zurrón

 

Los latines

 

 

 

C

on esto de la cosa papal se han vuelto a poner de moda los latines. Durante estos días de la transición, he notado a la gente muy entendida con los “habemuspapam”, los “extraomnes” y toda la parafernalia expresiva, hasta el punto de que se ha podido sentir cómo por las plazas de ciudades y pueblos circulaban entre los tenderetes unos rumores como de foro romano en plena ebullición lingüística. No obstante la plaza fue siempre el lugar donde se desarrolló la vida pública: el comercio, la política y hasta la justicia tenían su sede en el foro. El latín, sin embargo, fue relacionado siempre con la Iglesia; de hecho es el idioma oficial del Vaticano, la lengua que sustenta las encíclicas y los comunicados de prensa que nadie entendería si no fueran traducidos a los respectivos. Porque ya casi nadie sabe latín. Cuenta la Historia (que sabe más por vieja que por sabia) que cuando los romanos conquistaron Grecia fue tan grande la cultura que encontraron en aquellas polis irredentas, que no pudieron resistir la tentación de empaquetarla en fardos y llevársela a la capital del Imperio. Los romanos son lo que son gracias a los griegos. A ellos deben casi todo: la ciencia, la filosofía, la literatura, la mitología... Los grandes hallazgos de los romanos (aparte el perfeccionamiento de algunas disciplinas griegas, como la literatura) fueron el Derecho y el Ejército. Y nosotros, aunque no queramos, somos lo que somos gracias a los griegos y a los romanos. Nuestro idioma, el español, es un latín vulgar que han masticado muchas bocas hasta perder su sabor original. Con el latín y el Cristianismo ocurrió algo parecido que con los griegos y los romanos, sólo que al revés: aquellos que fueron perseguidos durante siglos por llevar tatuado un pez en el ombligo, terminaron adoptando la lengua de sus verdugos (Síndrome idiomático de Estocolmo). El latín es la matemática del lenguaje y eso se nota enseguida en cuanto empiezas a declinar y a encajar las piezas del puzzle de la traducción. Yo estudié latín y griego en el Cabrera Pinto bajo la égida de don Eudoxio, que premiaba con un positivo a los más rápidos en el intrincado arte de la traducción. A algunos enterados (como yo) nos llegó a perdonar algún examen por traducir a Platón a pelo, sin necesidad del diccionario. Incluso a los más avezados nos llamó a cónclave un día en su despacho para revelarnos el sagrado secreto de las laringales, una teoría muy difícil que es imposible resumir en una columna. Sin embargo, el estudio de los clásicos ya no se lleva porque hay que ser progresista y los latines saben a púlpito y a sacristía. No me extraña nada que los sociatas se hayan querido cargar los latines en sucesivas reformas y contrarreformas: el otro día, sin ir más lejos, la señora Ministra de Cultura confundió en el Congreso un “Dixit” con el roedor amigo de Pixie. Manda huevos.

chm00000@teleline.es

 

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