Salir del zurrón

 

Las cosas del correr

 

La basca debería correr más. Hacer ejercicio desinteresadamente, me refiero. Ha llegado el verano y con él el tiempo de airear las grasas y tostarlas al sol, ese pedazo de carbón candente de la gran parrilla del Universo. Ha llegado el verano y con él el tiempo de escribir de otras cosas, mientras esperamos el enésimo recauchutado de Fraga, las lágrimas tailandesas del Gallardón porque ha perdido un anillo olímpico y el adiós cortés de Armstrong, que se va a dejar ganar para acallar rumores. Ha llegado el verano y con él el tiempo de las primeras carreras al alba, con la fresca, que no es precisamente esa señorita de la que todos hablan mal pero a la que todos nos gustaría conocer. Ha llegado el verano y con él el tiempo de los fondistas madrugadores que huyen de la canícula salpicando de sudor el montón de tierra que la Oramas derramó aquel día en el Camino de las Peras para que los laguneros tuviéramos donde hacer footing y a ver quién saca ahora la ropa a color. Ha llegado el verano y con él el tiempo de que la basca se tome un poquito más en serio esto del correr, que veinte minutitos no es nada y qué febril la mirada del colesterol y los triglicéridos, que yo pensé siempre que era un compuesto explosivo de la misma familia que el amonal.
A la basca le gusta poco correr, en realidad a la basca le gusta poco todo lo que sea caminar algo más que despacio. La basca prefiere hacer stepping sobre los pedales del coche, ese ejercicio que tonifica tobillos y falanges, falangitas y falangetas de la extremidad inferior, según nos enseñó don Miguel Palmero, penúltimo maestro del Régimen, con el cual hacíamos las tablas de gimnasia en camisilla. Un-dos, arriba-abajo. Hay muchas formas de ejercitar el cuerpo, muchas formas de hacer valer la máxima de Juvenal, que mantuvo siempre su nombre en forma. Pero la más genuina es, sin duda, el correr. Correr es el legítimo deporte rey, un deporte en sí mismo, un deporte dentro de otros deportes, el deporte vernáculo que ya practicaban profesionalmente en la prehistoria hombres y bestias (ahora sólo las bestias). Correr se puede hacer de forma sustantiva o adjetivo-participial, aunque la gente prefiere la forma reflexiva del verbo, que es más descansada (según como). También se puede hacer de forma pasiva, pero acarrea serios problemas de salud en las espaldas, el tronco del oído y otras zonas al alcance. Uno, que se pasa las demás estaciones corriendo, entiende de estas cosas del correr y, cuando llega el verano, consigue el premio por el que ha estado entrenando nueve meses: sentarme frente a una cervecita bien fría mientras contemplo a la basca dislocada, corriendo de un lado a otro de la playa como si el mundo se fuera a acabar mañana y el cielo sólo fuera para los flacos. Hay que tener ganas...

 

chm00000@teleline.es

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