GENERACIÓN MUNCH

 

(Homenaje a Carlos Salvador)

 

 

 

Existe una generación literaria, la Generación Munch, a la cual pertenece Carlos Salvador y en la cual me gustaría incluirme yo de paso con permiso, ab aeterno, del pintor noruego. Se trata de una generación de escritores treintañeros (los años que tendría Carlos ahora) que don Salvador Pérez, su padre, ha tratado de inaugurar, consciente o inconscientemente, con la elección de las portadas de los tres libros publicados por Ediciones Idea. Me acojo al dicho de que una imagen vale más que mil palabras para afirmar, en este caso, que tres imágenes valen más que la opinión de mil críticos filibusteros, anclados en presupuestos literarios decimonónicos y partidistas. Y de eso (críticos y literatura) don Salvador Pérez sabe un rato, como periodista, escritor y padre.

Mi estilo de lectura demorada sólo me ha permitido, hasta el día de la fecha, leer uno de los libros de Carlos Salvador, Retrato de un viejo prematuro, así como su biografía; lo suficiente para haber descubierto las tres claves de esta vieja generación nueva. Esta Generación Munch podría resumirse, pues, en tres portadas, en tres conceptos que son el resumen de tres ideas vitales para esta nueva vanguardia expresionista: Pubertad, Melancolía, Grito.

En su cuadro El grito, el pintor expresionista Edvard Munch intentaba poner de relieve el gran desaliento que el hombre moderno sentía ante el final del siglo XIX y su transición al XX. Ese mismo desaliento, creo yo, es el que marca a esta generación de los herederos de Munch, desde hoy capitaneada por Carlos Salvador, ante un desaliento mucho peor y flagrante al que nos enfrentábamos (nos seguimos enfrentando todavía hoy) los jóvenes de aquella lejana época tan reciente, finales del siglo XX: el desmoronamiento social a que ha conducido el Lobo Feroz del Capitalismo y la influencia cultural de la tecnología y los medios de comunicación de masas. Obviamente, Carlos Salvador se hace eco de este desaliento haciendo partícipe al lector de ese mundo personal abigarrado y rico que sólo está al alcance de sus coetáneos o de los conocedores de su biografía. En esto creo yo que juega un papel muy importante la espléndida biografía que inaugura Dioses para cinco minutos, obra de Carlos Robles: el mejor biógrafo de uno es su mejor amigo, el único que sabe mirar con objetividad. De otra forma, te sale una biografía de esas de vivir para contarla con tus putas tristes. Todos los escritores, incluidos los que se hacen los escépticos, deberían confesar ante un tribunal (una mano en el corazón y la otra sobre las páginas abiertas de la Iliada de Homero) que en todo lo que escriben influye decisivamente su biografía. Y si no, que perezcan ante la justiciera espada, tachonada de argénteos clavos, del Pelida Aquiles, el de los pies ligeros.

La Generación Munch es una generación marcada por una etapa vital que es la pubertad, una etapa decisiva en la forja del carácter del individuo, una etapa de la que los integrantes de esta generación hemos abusado más de lo que la Madonna Naturaleza suele permitir, debido a esos cambios claves de la sociedad y la cultura de finales del XX que ya habíamos anunciado supra. De esta forma, hemos vivido una pubertad, incluso una adolescencia, plagada de temores que nos han empujado al refugio familiar, en el cual fuimos atesorando (quienes tuvimos la suerte de unos padres precursores de una cierta cultura con mayúsculas) numerosas lecturas y vivencias que han incentivado nuestras intenciones creativas, materializadas al fin. Con un esbozo de sonrisa, recuerdo a menudo que mi padre no llegó más que a conserje, pero en mi casa (a pesar de la falta de medios, que se dice ahora) nunca faltó un periódico a diario sobre la mesa (a veces dos), y si había que empeñar algo de la casa para que sus hijos tuvieran algo que leer, se empeñaba y ya está. En la intimidad, recuerdo siempre que mi padre esperaba mucho de mí, me tenía reservado un cargo importante, algo así como político. Mi padre fue toda la vida un socialista de intravenosa, un socialista de los de todo o nada, incluso en la época de vacas flacas (o gordas) del último González, ese personaje bíblico harto ya de sí mismo. Yo en mis primeras elecciones voté socialista porque lo había hecho mi padre. Él nunca lo supo. Tampoco sabe (espero) que sigo siendo profesor y que no he cumplido sus expectativas.

Por otro lado, la Generación Munch se caracteriza por una cierta melancolía vital propiciada por una gran introspección personal llevada a cabo desde la misma infancia y reafirmada en la pubertad, una introversión interrumpida a veces por esos arrebatos de grandilocuencia, casi místicos, con que pretendíamos destacar en nuestros ambientes de confianza, ya fuera de amigos o de familiares. Nos habíamos ido formando al amparo de los grandes clásicos de la Literatura y el Pensamiento, pero al mismo tiempo nos influyeron los grandes medios audiovisuales modernos: el cine, la televisión, la canción moderna, etc. No le extrañe al lector, pues, que Carlos Salvador comparta cama literaria con Platón y Woody Allen al mismo tiempo. Y que en el mismo cóctel se mezcle a Gramsci, Cánovas y John Wayne. La Generación Munch es una generación de influencias variopintas, que vienen a demostrar ese estado de melancolía y pubertad perpetuas de las que hablábamos hace unas líneas, un estado casi inconsciente que nos hacía confundir pasado, presente y futuro (un tres en uno), pero que tan buenos cócteles reserva al lector en la fascinante carta de humores literarios que es Retrato de un viejo prematuro.

A la Generación Munch nos unen muchas otras cosas. Una de ellas, también fundamental, es que todos somos del Aleti, ese equipo de fútbol madrileño (El Pupas) que podría resumir todo un modo de vida. Los que somos del Aleti sabemos lo que decimos. Para ser un escritor con raza y apasionado hay que ser del Aleti. Del Madrid y del Barça ya hay demasiados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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