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Los archivos secretos del Dr. Hernand
DR. HYDE Y MR. JEKYLL: UN CURIOSO CASO DE SÍNDROME DE TOURETTE SEVERO
Escarbando entre los papeles de mi difunto tío el Dr. Hernand, hallé el grueso de una investigación que lo había mantenido sumido en una profunda obsesión durante los últimos años de su vida en Tenerife. Hasta la lectura de estos papeles, la relación con mi tío había sido casi nula, prácticamente inexistente: apenas sabía de él que era el hermano de mi padre, que había estudiado para médico y que había vivido en Francia durante muchos años. Tal vez esa distancia que nos separaba fue la que alimentó mi afán por conocer la personalidad de aquel extravagante personaje que, incluso en la familia, tildaban de loco en los últimos tiempos. Después de la lectura de aquellos papeles, entre los que figuraba una biografía en francés, obra de un colega gabacho, corroboré que mi tío había estudiado medicina y que además se había especializado en neurología en la Sorbonne, donde lo llamaban cariñosamente Dr. Hernand. Porque el verdadero nombre del Dr. Hernand era Miguel Hernández. Efectivamente, el Dr. Hernand vivió más de treinta años en Francia, en donde ejerció durante los primeros años como médico de cabecera en un ambulatorio de Saint Dennis, hasta que fue reclamado por la autoridad universitaria para que entrara a formar parte de la leva de neurólogos del respectivo departamento didáctico. Fueron muchos los trabajos e investigaciones que lo catapultaron al parnaso de la medicina francesa y que lo convirtieron en un personaje distinguido de la sociedad parisina, hecho éste que contrastaba con el casi total desconocimiento que de sus hazañas científicas teníamos en la familia. Entre sus aficiones se encontraba la lectura y es precisamente en este aspecto de su vida en el que me voy a centrar, pues neurología y literatura confluyeron al final del camino para afianzar, con una vuelta de tuerca más, su reputación de personaje excéntrico y casi alucinado que exhibió tras su regreso a Tenerife. Mi tío se estableció en una casa que compró en el norte de la isla (no revelaré su dirección por la trascendencia que pueda tener la publicación de sus papeles) y allí vivió incomunicado como un eremita el resto de sus días. Según mis padres, apenas salía de casa y permitía visitas. Ni tan siquiera de sus familiares. Tras su muerte, mi padre recibió de herencia la casa y una montaña de papeles que se apilaban en su despacho y que yo me animé a desentrañar y poner en orden empujado por aquella admiración y perplejidad que me produjo siempre la figura de mi tío. Entre aquellos papeles encontré un curioso dossier en el que mi tío analizaba a numerosos personajes reales y de ficción de la literatura universal desde la perspectiva de su especialidad médica: la neurología. Mi compartida pasión familiar por la literatura me ha movido ahora a hacer públicos estos dossiers. Doy las gracias de antemano a este periódico por permitirme perpetuar la memoria de mi tío, el Dr. Hernand. Y pido disculpas a neurólogos y médicos, si en algún momento (la mayoría de las veces) no estoy a la altura científica de las pruebas que voy a exponer. En algunos casos me limitaré a citar textualmente al Dr. Hernand so pena de incurrir en equívocas interpretaciones.
Uno de los casos más impresionantes de la neurología literaria es el de Robert Louis Stevenson y los orígenes de su enigmática (por inusual con respecto al resto de su bibliografía) obra El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, que mi tío relaciona en su investigación con una patología clínica denominada Síndrome de Tourette. Según el Dr. Hernand, “Hyde parece manifestar síntomas evidentes de un síndrome de Tourette severo, que se caracteriza, entre otras cosas, por tics, espasmos, poses peculiares, muecas, ruidos, maldiciones, imitaciones involuntarias y compulsiones de todo género; pero, sobre todo, por un exceso de energía nerviosa que deviene en una violencia incontrolada”. El Dr. Hernand observa que este comportamiento de Hyde, que Stevenson encubre literariamente a través de una transformación del personaje de Jekyll no sólo emocional sino física, podría ser producto de los efectos secundarios que le provocó la ingestión de ese brebaje que liba Jekyll en la novela con el fin de hacer aflorar ese yo oculto primitivo y que, según el Dr. Hernand, podría tratarse de alguna sustancia precursora de la L-Dopa o levodopa, fármaco estimulante de la dopamina cerebral utilizado en la actualidad para el tratamiento, entre otras cosas, de la enfermedad de Parkinson. Según el Dr. Hernand, Stevenson estaría familiarizado con este síndrome “por la relación personal que mantuvo [Stevenson] con el propio Giles de la Tourette durante su estancia en 1885 en la Salpetriere de París, en donde el escritor escocés estuvo seis meses internado tras agravarse su propia enfermedad mientras vivía en América con su esposa Fanny Osbourne”. El Dr. Hernand adjunta una fotocopia del libro de ingresos de la Salpetriere, que data de febrero de 1885, en la cual figura, efectivamente, el nombre de un tal Robert Louis Stevenson, “ciudadano escocés, con residencia actual en Calistoga (California)”. Sabemos que en esa época, según algunos manuales de Historia de la Medicina, Giles de la Tourette ejercía como auxiliar del eminente Charcot en la Salpetriere, y que formula en 1885 los principios del síndrome que lleva su nombre. La Salpetriere fue un famoso hospital de París, primitivo hospicio y manicomio creado por Luis XIV para albergar a toda la morralla de mendigos que pululaban por las calles de París. Aquel primitivo edificio fue ampliándose con el tiempo en pabellones temáticos que acogieron a mendigos, epilépticos, alienados, jóvenes idiotas, dementes furiosos y enfermos sujetos a la acción de la justicia, todos ellos separados conforme a su rango y condición. Estas dependencias se complementaban con talleres de trabajo, en los que se pretendía restituir a los locos a su condición normal por medio de un sistema de esclavización protocapitalista; e incluso se construyó una prisión (La Force), en la que fueron confinadas, entre otros sujetos, las jóvenes de vida airada. Según documentos recopilados por el Dr. Hernand, “R.L. Stevenson permaneció en la institución durante seis meses en los que le fueron practicados diversos tratamientos, entre ellos un revolucionario sistema hidroterápico, que alivió las dolencias que venía arrastrando desde la niñez”. Después de su estancia en Salpetrière, Stevenson se trasladaría al balneario de Bournemouth, al sur de Inglaterra, donde dejaría constancia de su experiencia francesa en el relato de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. El Dr. Hernand supone que, durante el tiempo que permaneció en el hospicio parisino, Stevenson habría entrado en contacto con internos con dolencias de calibre diverso (entre ellos, pacientes con síntomas de tourettismo) que le habrían inspirado el perfil de Hyde. El Dr. Hernand manifiesta, además, en las conclusiones de su trabajo que la verdadera personalidad de Jekyll era en realidad Hyde, una personalidad que permanecía latente en el subconsciente de Jekyll y que las drogas hacen aflorar hasta imponerse al final del relato. Considera, pues, el Dr. Hernand que en realidad Jekyll no era Jekyll, sino la personalidad reprimida de Hyde y, además, nos habla de la prehistoria del relato de Stevenson, en la cual se imagina a Hyde sometiéndose a un tratamiento a base de inhibidores químicos como el Haloperidol para reprimir su personalidad y extraer la otra, más sosegada y racional, de Jekyll. Efectivamente, el propio Jekyll afirma en la declaración final del capítulo X de la obra de Stevenson que no puede seguir siendo más Jekyll y que Hyde lucha en su interior por recuperar su verdadera identidad. Así pues, según el Dr. Hernand, habría que hablar de El extraño caso del Dr. Hyde y Mr. Jekyll.
En un próximo capítulo de las memorias del Dr. Hernand mostraremos un nuevo caso, en el que mi eminente tío analiza la personalidad de Don Quijote de La Mancha, quien padecía la patología neurológica denominada “Síndrome de Korsakov”.
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