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Su afición a la mitología clásica le llevó a contraer una deuda con los seguidores de Homero y decide iniciar una serie de novelas dirigidas al público joven, con cierto ramalazo pedagógico, sobre viajes en el tiempo. A esta empresa la bautiza con el nombre de Los Hermenautas. La primera entrega sale con el el título de Los Hermenautas y El código de Apolo (Editorial Afortunadas, 2005), un viaje a la época prehomérica, en la cual se está gestando la legendaria Guerra de Troya. El siguiente capítulo de esta serie describirá una incursión a la Época Imperial de Roma, donde los Hermenautas (un grupo de jóvenes estudiantes capitaneados por su profesor Hermes) descubrirán algunos secretos desconocidos para la Historia tradicional. El título provisional: El secreto del César. Durante una larga temporada colaboró en el periódico regional El Día, tanto en el diario como en el suplemento cultural Archipiélago Literario. En la actualidad lo hace en el diario La Opinión de Tenerife. También se ha atrevido a cabalgar las ondas de la radio a lomos de un programa literario titulado El libro de arena. En la actualidad compagina su labor docente con la escritura y un poco de gimnasia diaria. |
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BREVE BIOGRAFÍA BREVE Cristo Hernández (La Laguna, 1968) es Licenciado en Filología Clásica y ejerce como profesor de Griego y Teatro en el I.E.S. La Guancha (Tenerife). Empezó a escribir por necesidad (desde muy pequeño lo había hecho por gusto) durante una larga estancia de cuatro años en la isla de El Hierro. Fruto de aquel destierro emocional son tres novelas: Recuerdos Consentidos (Baile del Sol, 2000), El Jardín de las Especies (Cajacanarias, 2001) y La mirada de Gioconda (Afortunadas, 2002). Por El Jardín de las Especies recibió el Premio de Novela Benito Pérez Armas en la edición de 1999. Ha recibido también otros galardones en concursos de relatos convocados en el Archipiélago Canario. De este enthusiasmós por la narración de corto aliento han nacido dos libros de cuentos: Envasados al vacío (Ediciones Idea, 2005), un conjunto de relatos que nacieron durante su época universitaria (1986-1991) y que describen con ironía diversas formas de soledad; y Fragmentos dispersos de un mundo futuro (Ediciones Idea, 2005), un libro de naturaleza ambigua, en el que se entrelazan dos historias paralelas contadas mediante el recurso del relato breve e hiperbreve, de una naturaleza rayana en la ciencia-ficción. |
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LARGA BIOGRAFÍA BREVE EN CONTINUA CONSTRUCCIÓN Cristo Hernández (La Laguna, 1968). Cristo Hernández reside en La Laguna (Tenerife), ciudad que lo vio nacer una primaveral mañana del Mayo del 68. Aprendió a leer y a escribir a los cuatro años con Doña Antoñita, una maestrilla de las del Régimen, que tenía una escuelita para infantes en su propia casa, en el Barrio de San Honorato (La Laguna). A la edad de ocho años sus padres reciben un piso de protección oficial en el barrio de La Verdellada y allí se muda la familia, dejando atrás su primera residencia en la calle El Ciprés, una casa cercana a la iglesia de San Juan, que era todo un espectáculo los días de lluvia. Cristo y sus hermanos más pequeños (hasta un total de tres en aquella época, incluido el primogénito) se sentaban a ver caer la lluvia sobre escupideras, calderos y botes de conservas (cuando había) y a disfrutar de una sinfonía pluvial que los entretenía los días que no se podía salir a la calle a jugar. Una vez le regalaron una bicicleta, pero la destrozó antes de reconciliarse con las leyes de la gravedad, así que no terminó de aprender a montar en aquel velocípedo a pedal de color rojo. Lo conseguiría unos años más tarde, ya talludito. De aquella época en El Ciprés recuerda pocas cosas: las clases de Doña Antoñita, la sinfonía pluvial y la amistad con unos gitanos que vivían en una calle transversal. El resto de sus primeros años los pasaba con sus abuelos en Guía de Isora: las vacaciones del verano, las de Navidad y otras fiestas de guardar. Lo matriculan en el Colegio Nacional Mixto La Verdellada en 3º de EGB y allí aprende muchas cosas con Doña Irene, una profesora altísima de ojos azules a la que apodaban La Jirafa y con don Miguel Palmero, un adicto al Régimen que había lucido la camisa azul. Todas las mañanas rezaban al entrar en clase y días hubo en que también entonaron el "Cara al sol". Sin embargo, lo más que le gustaba a Cristo era cómo Don Miguel Palmero tiraba los voladores, llevándose la mano derecha a los labios y agitándola con sonoro susurro. Don Miguel Palmero tenía una regla que se llamaba Catalina, un artilugio didáctico que manejaba con una destreza pasmosa. Se podría decir que era algo así como la prolongación de su brazo derecho. El autor probó una vez la Catalina por llegar tarde del recreo con otros tres individuos. Ese día Don Miguel Palmero, como era costumbre, pasó lista y de inmediato se colocó detrás de la puerta para aguardar la llegada de los rezagados y darles la bienvenida en compañía de Catalina. Fue la primera vez (y la última) que Cristo probó la dulzura de Catalina, aunque no echa de menos la fugacidad de aquel amor. (CONTINUARÁ...) |