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I
El personaje despierta y abre los ojos. Está todo oscuro, así que decide volver a dormir: «Todavía es temprano», piensa. Al cabo de un rato, despierta otra vez y sus pupilas le regalan de nuevo la oscuridad. Retoma el sueño a regañadientes. Instantes después, el personaje está cansado de dormir, aunque todo siga a oscuras. «Imposible que sea de noche», piensa el personaje, «siento el cuerpo aletargado, debo haber dormido una eternidad». El personaje despereza su esqueleto sobre la cama mediante una suave contorsión o torpe maniobra de tortura medieval, aferrado con sus manos a las barandas del cabecero y sus pies trabados en el horizonte metálico del mueble. «Consultaré el reloj y saldré de dudas», se decide, al fin, el personaje, «aunque anoche dejé subidas las persianas, eso creo, siempre las dejo…». El personaje estira su brazo hacia donde él se imagina la mesilla de noche, a la derecha de la cama, donde siempre ha estado desde que llegó a vivir a esta casa, hace tres años. «Una especie de cassette o grabadora…», enumera con la punta de sus dedos sin forma, falanges de la noche, «…y un par de cintas de música; un ánfora griega, de pego, por supuesto, comprada durante un congreso de no recuerdo ahora mismo qué, en aquel mercadillo de Miconos tan coqueto; unos callados de playa cogidos de pequeño en la Playa de Ruigómez, en el sur de la isla, cuando iba con mi abuelo a coger pulpos y yo lo esperaba en la orilla tirando callados al mar… y el despertador». El personaje termina la enumeración y gira el despertador para ver la hora. El personaje, antes de acostarse, le da media vuelta al despertador porque no le gusta que lo espíe durante la noche con sus ojos encarnados de dígitos electrónicos. El personaje piensa que los ojos del reloj son los ojos del tiempo, un agujero negro que fija su mirada de soles muertos sobre él y no permite que avance la noche, interminable. Muchas veces sueña que el reloj se para en las tres de la madrugada y con él el tiempo. Entonces, los días y las noches se suceden sin matices de colores ni de brillos ni de claridades, sino que todo está oscuro, en tinieblas, una ceguera total. Así que el personaje le da la vuelta al despertador antes de acostarse y en paz. Pero el reloj, ahora, está a oscuras también. «Se habrá desenchufado», piensa el personaje, «o tal vez esté mal la estación eléctrica», empieza a obsesionarse con la oscuridad, «o tal vez los cabrones de Unelco me la han vuelto a cortar por falta de pago, o quizás sólo sean los plomos que se bajaron durante la noche, a lo mejor una subida de tensión…». El personaje sacude el reloj, tal vez tenga alguna pieza desajustada. «La violencia es el peor aliado de la tecnología», sentencia, «pero me da igual, estoy hasta los huevos de tanta oscuridad». El personaje sacude de nuevo el reloj sin resultados, lo estruja como a un zurrón y, al fin, lo estampa contra el suelo y lo desventra, harto ya. El reloj deja tras de sí un rabo de goma y filamentos de cobre, se resiste a la desconexión. El personaje recorre con sus dedos la sinuosidad del cable y alcanza el enchufe. Una descarga eléctrica le recuerda que los empleados de Unelco no son tan cabrones. —¿Qué mierda es ésta, entonces? Sus gritos resuenan en el arco de medio punto de la oscuridad, que le escupe un eco negro en forma de súplica casi agónica. El personaje, boca arriba, busca el techo de la habitación, aguza sus pupilas estriñendo al máximo sus párpados, casi a punto de reventar el relieve cárdeno de sus ojeras. «Ojeras de tanto dormir…», esboza una sonrisa y se calma. El personaje decide abandonar la cama, esa trinchera que lo protege de la noche. «Subiré la persiana y de una vez por todas se hará la luz», resuelve, decidido. «Anoche me olvidé de subirla. Seguro. Qué gracia: de noche la subo y por el día la bajo. Y qué contradicción: como si me obstinara en vivir en una perpetua penumbra». El personaje pone un pie en el suelo y se clava una de las mil astillas a las que ha quedado reducido aquel aparato de medir el tiempo que una vez funcionó. «O tal vez nunca funcionó», rememora mientras intenta extraer del dedo gordo del pie una esquirla metálica, un fragmento minúsculo del armazón del tiempo. «Ahora que lo pienso mejor: yo nunca he tenido relojes en casa, al menos de esos relojes convencionales de los que siempre he oído hablar, con su minutero y con su segundero dando vueltas obsesivamente como el sol alrededor del mundo…», al personaje se le ilumina por un instante la mente, aunque no lo suficiente como para encender la habitación, «…o esos otros relojes modernos, con esos puntitos de neón que configuran la numerología del tiempo». El personaje cae en la cuenta de que él nunca ha visto un reloj convencional, aunque no acierta a saber con certeza el origen de esta evidencia. «Entonces, ¿qué es lo que acabo de romper…?», se pregunta, atribulado, «…estoy seguro de que esto era un reloj». El personaje prepara el desembarco por el flanco izquierdo de la cama, esperando que el esqueleto del despertador no haya sembrado de añicos toda la habitación. Por la mente del personaje empieza a rondarle una idea: «¿me habré vuelto ciego de repente?». Sin abandonar la premonición de ceguera, el personaje se incorpora y permanece indefinidamente de pie, con la rigidez vertical de un perchero antiguo; permanece ingrávido en la oscuridad como un insignificante asteroide perdido en la panza de burro del universo; permanece perdido, ausente de referencias cardinales, arriba o abajo, izquierda o derecha. «Ahora mismo podría estar colgado del techo», deduce el personaje, «o de pie sobre él, según se mire; al fin y al cabo, mi existencia en el espacio depende de otros seres o de otros objetos que estén en ese mismo espacio, y yo, en medio de esta oscuridad, estoy solo, sin ninguna referencia visual, como una estrella fugaz en lo más hondo del universo». El personaje duda si avanzar, le aterra dar el primer paso, caer en el abismo de la noche, en las simas del tiempo, «aunque», delibera, «los muebles deben estar en su sitio de costumbre, en donde siempre han estado; nadie los ha movido, creo». El personaje trata de confeccionar mentalmente un mapa de la habitación. A pesar de la aparente complejidad de este esbozo cerebral, no le resulta difícil. La imagen de la habitación se le dibuja en la retina como un esquema planetario, nítida como las señales de un radar potentísimo: la cama presidiendo la habitación, la mesa de noche a la derecha, un taburete a los pies de la cama y el armario empotrado al fondo; en fin, pocos muebles. «¿Por qué tendré tan pocos muebles?». —¡Vaya…! —exclama el personaje, como intuyendo, ufano, que hay alguien al otro lado de la oscuridad, un público expectante de sus lúcidas deducciones—. Esto resulta más fácil de lo que yo pensaba. El personaje recupera la confianza gracias a esta nueva e insospechada habilidad, así que camina con paso firme hacia la ventana, rasgando la telaraña oscura que cubre la habitación, y dispuesto a descubrir la luz al otro lado del muro, como el explorador de una recóndita colonia selenita que al fin alcanza la cara iluminada de la Luna. El personaje tira hacia abajo de la cinta de la persiana, pero no se mueve: «la muy cabrona tenía que atorarse precisamente ahora», y cae de nuevo en la desmoralización. Trata de aflojar la cinta y lo que consigue es que la persiana se venga abajo. «Entonces, estaba subida…», deduce mientras intenta subirla de nuevo, «…pero no veo las luces de la calle». El personaje siente un calor anormal en su cara, como si una fuente de energía invisible le estuviera bronceando las sienes. Son los primeros rayos de la mañana, que iluminan la cara de nuestro personaje, pero él no es capaz de verlos, sólo siente su calor. —¡Estoy ciego!— grita, aterrado. El personaje llega a esta conclusión después de repasar, segundo a segundo, cada momento desde que despertó, y después de escrutar el abanico de dudosas casualidades con las que se obstinaba en descartar la ceguera. Hasta ahora. —¡Dios mío, estoy ciego! |