Envasados al vacio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquí tienes el primer relato que abre el libro:

 

Los amantes perfectos

 

Estamos haciendo el amor en plena calle, ante los ojos de todos, aunque nadie nos ve. No estamos ocultos tras ningún muro ni valla, ni atrincherados tras ninguna zanja ni callejón. La gente pasa a nuestro lado y no se da cuenta (¡imbéciles!) de que estamos aquí, en medio de la acera, expertos en el ars amandi, disfrutando sin ningún pudor.

Nuestro bagaje como amantes alberga numerosos años ya de una relación intensa. Al principio nos dejábamos llevar por la antigua moral: sólo hablábamos, apenas nos acercábamos el uno al otro, no teníamos prisa por contemplar la desnudez de nuestros cuerpos o tocarnos. Incluso los besos se demoraron.

Al cabo del tiempo, empezamos a indagar en las zonas erógenas públicas, ésas que están a la vista de todos: la cara, las manos, las piernas... Trazamos en nuestra mente un mapa exacto de cada una de ellas, éramos capaces de reconocer cada centímetro de nuestra piel pulsando tan sólo con la yema de los dedos. Tal fue el grado de conocimiento, tal la pericia dactilar, que ideamos un sistema de caricias que nos hacía llegar al orgasmo (interior, silencioso) en cualquier parte, sin llamar la atención. Lo hacíamos a la vista de todos y nadie se daba cuenta. Hasta entonces nuestro placer fue pleno.

Sin embargo, llegó el día en que decidimos que ya había llegado la hora de indagar en las zonas erógenas ocultas tras la vestimenta. Al principio nos reuníamos en su casa o en la mía (el lugar empezaba a ser lo de menos después de las experiencias anteriores). Trazamos un plan que consistía en ir mostrando paulatinamente reducidas zonas de nuestra anatomía. Empezamos por los pies, ascendimos más tarde al torso y, finalmente, nos precipitamos, en caída libre, por el desfiladero de nuestros sexos. Al principio obviamos el tacto: nos gustaba extraviarnos en el inexplorado mapa olfativo de la epidermis, escrutarnos con reconocida pericia de entomólogos, saborear las delicias ocultas en los recovecos de la piel, excitar nuestros oídos con halagos y lisonjas acerca de nuestra perfecta morfología (no escatimo tropos al afirmar que nuestros cuerpos fueron creados para las artes amatorias)... Entonces llegamos al tacto: nos dimos el tiempo suficiente para reconocernos a través de las caricias, a diario nos convertíamos en demiurgos de nuestros propios cuerpos, parecíamos modelados a partir de una arcilla ancestral. Cada vez.

Y al final nos aventuramos en el sacrosanto arte del ensamblaje de los sexos. Vamos, el coito, la cópula... Ya saben... Eso que el vulgo llama follar... Nos gustaba hacerlo en diversas posturas, una distinta cada vez. El Kama Sutra se nos quedó chico y creamos un apéndice a partir de las Sesenta y Cuatro Artes del maestro Vatsyayana, hasta completar las trescientas sesenta y cinco de un año. Y, entonces, a empezar. Completábamos el ciclo y, de nuevo, a empezar.

Nos gustaba contemplarnos mientras hacíamos el amor, nuestros cuerpos se convirtieron en una máquina prodigiosa cuyos engranajes habían sido ajustados por el mismísimo Hefesto, a instancias de su esposa, la sapientísima diosa del amor. Así que llenamos la casa (la suya y la mía) de espejos: el dormitorio, la cocina, la sala de estar, el cuarto de baño; todos reflejaban la arrogancia y finura de una maquinaria infalible. Hacíamos el amor a todas horas, excepto algún descanso que dispensábamos a nuestros cuerpos para comer o ir al trabajo. Así, durante años que nos resultaron fugaces.

Hasta que llegó el día en que dimos con la postura definitiva, el día en que nos convertimos en amantes invisibles. Recuerdo que aquella vez lo estábamos haciendo en el garaje. Forzados por el ridículo espacio que nos dejaban nuestros coches, se nos ocurrió una variante de la Postura 106 (gozábamos del 16 de abril de aquel año), que consistía en incorporar algunas variantes pélvicas a la Postura de La Sorpresa, del Kama Sutra. Y entonces se manifestó, apareció, insólita epifanía... O, mejor dicho, no apareció, porque en realidad no vimos nada... Los espejos no reflejaban aquella beatífica imagen que habíamos forjado durante años de incansables ejercicios amatorios. No estábamos allí, sólo era tangible nuestro placer. En medio de tan sublime excitación, obnubilados por la dimensión del prodigio, se nos ocurrió que tantos años de sexo habían producido una divergencia espacio-temporal en el indeleble vórtice cósmico, hasta el punto de que nos había mutado en una pareja de rijosos vampiros, ciegos a los ojos de un espejo. Sin embargo, movíamos alguna parte de nuestro cuerpo, tan sólo el leve escorzo de un dedo o el tímido vaivén de la pelvis, y al punto aparecía nuestra augusta imagen reflejada en el cristal. ¡Aquello era inaudito! ¡Cosa de magia! ¡Labor de dioses!

Comprobamos el hecho, no obstante, en todas las habitaciones de la casa... y el resultado seguía siendo el mismo: la total invisibilidad. La postura definitiva. El placer del vacío. Para ratificar el hallazgo buscamos espejos fuera del hogar, no fuera que los nuestros estuvieran hechizados de tanto amar. Al principio íbamos a las tiendas de ropa y nos metíamos en los probadores para realizar el experimento a escondidas. ¡Y de nuevo el vacío! Tal fue el dominio que teníamos de esta exquisita postura que nos metíamos sin ser vistos en las peluquerías y allí nos ejercitábamos mientras numerosas clientes, rulos imperturbables, se hacían las mechas o la pedicura (cierta vez, una uña perdida estuvo a punto de delatar nuestra presencia clavándose en mi culo con laqueada saña). Frecuentábamos bares y pubs con morbosa deleitación: nos desnudábamos en los karaokes y holgábamos, cubata en mano, ante una apretada multitud, festivalera e ignorante de nuestro placer. Incluso llegamos a colarnos varias veces en el taller de cristales que surtía nuestro domicilio para reírnos en las barbas de aquellos azogues inútiles.

Al final, terminamos haciéndolo en cualquier lugar de La Laguna. Organizábamos nuestras particulares giras, pedagógicos itinerarios sexuales: la Plaza del Adelantado, el Camino Largo, la Catedral, las aulas del Colegio Nava-La Salle, la comisaría de policía, el Ateneo, la academia La Nueva Era, el Cinematógrafo Olvidado (cada vez más vacío), el Prostíbulo de Alejandría (allí daba igual que nos vieran o no), el cementerio de San Juan... O aquellos imaginarios viajes por el Orient Express, fruto de nuestra compartida pasión por Agatha Christie.

Allí estábamos siempre. En cualquier lugar y época. A la vista de todos, aunque nadie nos vio. Como ahora, amantes invisibles, en medio de esta calle.

Envasados al placer del vacío.

 

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