El Jardin de las Especies

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Volver

 

 

 

 

 El cadáver

 

 

 

A

 

quella mañana, camino del trabajo, a Cecilia le rondaba obsesivamente en la memoria el espíritu sanguinario del Abrecartas y la brutal imagen de uno de los crímenes que había presenciado la noche anterior agazapada tras la trinchera catódica del televisor. Un asesino en serie a quien los investigadores del caso, a falta de pruebas concluyentes, lo habían denominado «Abrecartas» porque inmolaba a sus víctimas rebanándoles el cuello con esta peculiar arma blanca de escritorio, como si se trataran de anodinas misivas de propaganda comercial inservible había abordado a una de sus víctimas en la penumbra de un callejón cuando ésta se disponía a tirar la basura. El asesino surgió del contenedor de basuras como un espíritu reciclado y vengador de la porquería y le asestó a la víctima, una joven rubia con ojos azules y relampagueantes de valquiria urbana, una estocada en la región cervical que le atravesó la yugular de parte a parte, dejándole el abrecartas clavado en el cuello, como los tornillos que apuntalan la cabeza del monstruo de Frankenstein.

¡Caramba con la peliculita…!— Exclamó Cecilia mientras un calambre recorría  su cuerpo, erizándolo, y se desvanecía a través del escote inverso de su falda, amortiguado por el efecto conductor del adoquinado de la acera por la cual avanzaba temblorosa, con evidentes síntomas de inquietud.

Después de terminada la película, los felinos ojos del Abrecartas también la habían perseguido a ella durante toda la noche a través de callejuelas solitarias y encharcadas de blanco por la luz de la luna, unos ojos que destellaban como luciérnagas homicidas en la penumbra sucia de lúgubres callejones que una vez albergaron el tránsito de la vida. Cecilia corría dando dentelladas al aire, con la urgencia de una atleta de fondo que estuviera a punto de batir el récord mundial de un sueño irreversible. Las manos ensangrentadas del asesino la perseguían, con sus dedos rozando el raso rosa de su camisón; pero no lograban atraparla, aunque la persecución se volvía más mortificante y angustiosa a cada zancada. De pronto, al fondo de uno de aquellos negros callejones, Cecilia vislumbró una salida, pero, al llegar, un cristal de tacto imperceptible le impedía atravesar el umbral de la redención. Ahora ya la tenía en su poder. Vuelta de espaldas y aterrada, Cecilia pudo observar en el espejo del abrecartas, que se descolgaba con patibularia parsimonia ante sus ojos, cómo una sonrisa de dientes afilados estaba a punto de rebanarle el pescuezo con…

¡Riiiiiing!

La alarma del despertador la rescató, entonces, de una muerte segura. Eran las seis de la mañana. Hora a la que solía levantarse los días laborales.

Al llegar al domicilio en el que trabajaba, Cecilia se paró ante la puerta e introdujo la llave en la cerradura, desmayando su frágil tallo sobre el vano de madera con un suave bamboleo de la cintura. La puerta se abrió antes de dar el primer giro de muñeca. Algo mosqueada, pues la puerta permanecía siempre cerrada hasta su llegada porque el viejo no se levantaba últimamente antes de las diez de la mañana, Cecilia se dispuso a entrar en el vestíbulo, pero notó que algo pegajoso en el suelo le impedía avanzar. Temió que algún perro hubiera vuelto a descargar delante de la puerta una de aquellas vanguardistas deposiciones que a menudo decoraban el collage de granito del zaguán de la casa y que Cecilia, a duras penas, despegaba del suelo sirviéndose de una herrumbrosa cuchara de albañil que el viejo guardaba en el garaje entre la herramienta que una vez sirvió para fines más higiénicos y constructivos.

Malditos perros…— refunfuñó.

Incrédula, Cecilia miró su reloj y comprobó que todavía eran las ocho y veinticinco. Después derramó la mirada sobre sus pies para comprobar qué patrón de mierda le aguardaba en esta ocasión. Incomprensiblemente, el suelo había mudado su piel de baldosas por un charco rojizo que, sin abandonar el motivo escatológico, le recordó a Cecilia la diarrea de un perro moribundo, reventado por el efecto de la implosión de algún veneno cáustico y fulminante. El charco de aquel fluido rojo y casi reseco resbalaba escalones abajo como un torrente de lava lánguida y familiar, y en lo alto de la escalera, una mano sin vida, colgando del primer peldaño, oscilaba como un péndulo dactilar y le daba los buenos días con moribunda cortesía.

Era el cuerpo del señor.

Sobresaltada por el descubrimiento y, al mismo tiempo, atemorizada por el ensueño del Abrecartas que asediaba con homicida tozudez los peldaños de su memoria, Cecilia subió la escalera, temblorosa y con recelo, chapoteando levemente sobre la sangre como una niña traviesa tocada por la neurótica mano de San Vito, como una niña asustada cuyo refugio fuera la corriente estancada que deja la lluvia después de una pavorosa tormenta.

Cecilia se paró a mitad de la escalera y se vio reflejada en el blanco mortecino de los ojos del viejo, en el cristalino de ultratumba que parecía anticipar las puertas del averno. Entonces, completamente absorta, le sobrevino una imagen del pasado como un flash imprevisible. Le asaltó la película del día en que murió su inválida madre, aquel funesto día en que al volver del instituto femenino en donde estudiaba, con las manos lívidas y abultadas, como un guante de cocina requemado, a causa de la tozudez matemática de Pitágoras cuyo Teorema no contemplaba la magnitud de los ángulos del cerebro de la joven Cecilia, encontró a su madre bajo su propia silla de ruedas, como si la hubiera arrollado el fantasma de sí misma: nunca se descubrió cuál había sido la causa real de la muerte de su madre —una anciana paralítica que se resistía al postizo de la asistenta social, aunque las pruebas practicadas al cadáver apuntaban hacia un accidente de tráfico doméstico producido por el descarrilamiento de un vehículo de dos ruedas, como dos soles radiales, y apenas una yegua antañona de potencia.

Con dieciocho años, huérfana también de padre y ningún familiar adjunto que la acogiera, Cecilia inició una carrera vertiginosa a través de esa espinosa alambrada evolutiva del ser humano que lo conduce hacia la férrea madurez y que confluye en la oxidada senectud. El primer eslabón fue dejar los estudios y buscar un empleo que sufragara su vida y alguna que otra deuda que su madre le había dejado en el supermercado de la esquina. Cecilia anduvo algunos años tonteando en diferentes empleos: fue dependienta en el supermercado de la esquina hasta que, al fin, saldó la deuda; limpió en varias casas, cuidó niños a tiempo parcial y, además, estuvo a punto de convertirse en camarera de un local de alterne, de no ser por una falta de acuerdo con el encargado del negocio en cuanto a la frugalidad del sueldo y la economía del vestuario. Al final, Cecilia entró a trabajar en casa de un conocido antropólogo de la Universidad de La Laguna, el doctor Eudoxio Hernández, gracias a la oferta de un joven que había conocido en aquel mismo garito al que había acudido a buscar trabajo y en donde había que servir copas con las tetas a la intemperie y el sexo apenas cubierto por un raquítico tanga que en su parte trasera tacañeaba aún más con la tela para convertirse en una avispada tirita que se atrincheraba entre el lúbrico calefactor de las nalgas.

¾Perdone que la moleste, señorita, pero veo que está buscando trabajo ¾la interrumpió el joven, que se había sentado a su lado mientras ella trataba de aliviar el reciente ultraje laboral con una de aquellas cocacolas on the rocks que se anunciaban en la carta de bebidas.

Sí, ¿en qué lo ha notado? Cecilia estaba un poco mosca, pues la habían tomado por una súbdita de Lenocinio, esa región imaginaria en que las mujeres trafican con sus cuerpos para poder sobrevivir.

Necesito una mujer que organice la casa de mi abuelo. Es algo mayor y se pasa todo el día metido en su estudio trabajando. Necesita alguien que le haga la comida, le friegue… En fin, esas cosas…

¿Y también que le haga una paja al abuelete? Cecilia respondió a la oferta con un arranque de sorna, pues entendía que cualquier proposición en el interior de aquel antro sobrepasaría los límites más laxos del pudor, ¿te estás quedando conmigo, nene?

Entiendo que estés algo mosqueada el joven trató de calmarla, pues sin quererlo había sido testigo de la disputa con el encargado, pero nadie te obligaba a coger el trabajo. Tú has venido a preguntar y te han dicho lo que hay.

Es que no puedo creer que haya mujeres que se presten a esto dijo mientras señalaba la sonrisa vertical de un culo que pasaba a su lado enarbolando una bandeja de cubatas. Por muy mal que me fuera en la vida, creo que lo último...

Tampoco es para tanto ¾la interrumpió el joven. Es un trabajo como otro cualquiera. Al fin y al cabo no se trata más que de servir copas un poco ligerita de ropa. Este trabajo es seguro, no te obliga a cosas que tú no quieras. Si algún listillo se propasa, para eso está aquel par de garrulos de la esquina añadió mientras señalaba a dos tipos macizos como dos confesionarios que presidían aquella eucaristía pagana desde uno de los rincones de la barra y daban la bendición a los clientes con una sonrisita clerical bastante tontorrona.

Yo no tengo por qué enseñarle mis partes a nadie ¾le espetó Cecilia, en los límites de la iracundia.

Está bien, está bien… No se hable más… Tus partes no corren peligro alguno asintió el joven mientras sacaba una tarjeta de su cartera. De todas formas, si cambias de opinión, aquí tienes la dirección de mi abuelo. Pásate cuando quieras y dile que vas de mi parte. Mi nombre es Yoel.

 Durante toda esa noche, Cecilia repasó hasta los límites de la idiotez la leyenda de la tarjeta que aquel joven apuesto también había repasado hasta los límites del orgasmo su largo y musculado cuerpo le había entregado en el puticlub y, al final, decidió presentarse en casa del «abuelete» a ver qué pasaba. «Al fin y al cabo ¾recordó las palabras de Yoel¾ nadie te obliga a cogerlo.

Desde aquel día y ya iba para diez años, Cecilia había servido en casa de don Eudoxio, como a ella le gustaba llamar al viejo antropólogo, a pesar de que éste le sugería con académica insistencia que lo tuteara.

A mí desde pequeñita porfiaba, a su vez, Cecilia me enseñaron que a la gente mayor hay que respetarla. Además el «don» le da a usted un aire como de más importancia.

Después de diez años, Cecilia era ya como de la familia, de la exigua familia que completaban ella y su nieto Yoel.

Está bien, Cecilia… No insisto más claudicaba, al fin, el viejo y dejaba en manos de la utopía ese efecto beneficioso, como de elixir de la juventud, que posee el tuteo.

En la claudicación definitiva se encontraba ya el viejo cuando Cecilia abandonó la evocación de aquel segmento de la línea quebrada de su vida y terminó de subir la escalera y se arrodilló ante el cuerpo, ya cadáver, y comprobó que estaba seco y macilento, como la víctima de una transfusión de sangre a título póstumo o el conejillo de indias de un forense algo manazas. Cecilia intentó incorporarlo, pero ya era tarde.  Un abrecartas atravesaba su cuello perpendicularmente como un eje de abscisas. Cecilia recordó de nuevo los tornillos que apuntalan la cabeza del monstruo de Frankenstein y, de súbito, las facciones del Abrecartas abordaron su memoria.

Cecilia corrió gritando por el pasillo de la casa.