I
UNA DENUNCIA POR sodomía era una acusación muy grave para aquella época, finales del siglo XV, en la que los preceptos morales no corrían parejos a las nuevas tendencias renovadoras del Arte, en las que se pretendía resucitar un antiguo periodo de esplendor que había quedado exánime bajo las lápidas del Medievo occidental. Así pues, me vi obligada a revelar mi verdadera identidad, aun a sabiendas de que aquella revelación iba a terminar con mis huesos en la calle, expulsada del taller de pintura más prestigioso de aquella época en Florencia, el taller del maestro Andrea Verrocchio, liceo de la pintura y de la escultura, en donde estaba terminantemente prohibido el acceso a mujeres, a pesar, ya digo, de los aires de renovación que se venían respirando durante esta última parte de la centuria y que auguraban también para la mujer un papel más activo y de pujante igualdad en la sociedad, al menos en el campo de las Artes, pues de todos era sabido que el Arte en la Antigüedad era cosa de musas y no de «musos». En los últimos veinte años, habían llegado a Florencia numerosos filósofos, escritores, científicos y artistas en general, de origen griego la mayoría, huyendo de la invasión turca de Constantinopla en 1453, y habían traído consigo todo el saber que se había mantenido vigente desde la Antigüedad en aquellas tierras del Imperio Bizantino. Entre ellos habían llegado también algunas mujeres, como mi tutora Leontio, continuadoras del trabajo iniciado desde la Época Clásica por las Safo, Aspasia, Artemisa, Diótima, María la Hebrea y tantas otras que supieron elevar el Arte, la Ciencia y a la propia mujer a categoría humana, condición no sólo exclusiva de los hombres como ya el Medievo se había encargado de decantar fanáticamente con la criba hecha en los monasterios por un puñado de monjes sodomitas. La sodomía, pues, estaba penada con cadena perpetua en una fría mazmorra en la que el reo era abandonado a su suerte hasta que, por fin, la humedad, la inanición o el herrumbre de los grilletes se encargaban de elevar el castigo a la categoría de pena de muerte. Así que, temiendo por la vida de Leonardo, del cual estaba perdidamente enamorada ¾y aun hoy lo sigo estando¾, me vi obligada a comparecer ante el tribunal que lo juzgaba por sodomía y, rasgándome las vestiduras, demostrar que el joven pintor de Vinci había holgado con una mujer (como bien pudieron contemplar los jueces ante mi impúdico desnudo) y no con un jovencito impúber, de facciones y talle andróginos, que había entrado como nuevo aprendiz en el taller del maestro Verrocchio aquel año de 1476.
II
Aquella mañana, como de costumbre, el museo abrió sus puertas a la diez en punto. Desde primeras horas, una marea de turistas aguardaba impaciente ¾certificando con desordenadas caminatas el perímetro de la Plaza de la Concordia y del Jardín de las Tullerías¾ a que la pleamar del horario oficial desbordara los portalones del Palacio y permitiera la inundación de las salas con oleadas de mercenarios culturales de todo el mundo, que llegaban a París con el fin de atestiguar la existencia de un arte encuadernado o digital que sólo conocían por los libros o la televisión. De entre todo aquel maremagno de mirones ¾que eso es lo que son la mayoría de los visitantes de los museos, pues no tienen ni remota idea de lo que tienen ante sus ojos, a pesar de que se esfuercen en extraer de los cuadros lecturas de lo más inverosímil¾ destacaba un individuo que marchaba al frente de un pelotón de chinos dispuestos a fusilar a las más grandes figuras de la Pintura Universal con su batería de flashes. Unos carteles, algo sosos para la enjundia de lo que se exponía en aquellos muros, advertían, con impertinente frecuencia, de la veda perpetua que protegía las sagradas obras de arte de su paganización, bajo el miserable pretexto de los derechos de exhibición. El individuo, un joven alto, rubio, de una constitución atlética próxima a la envergadura de un jugador de baloncesto ario, se esforzaba en mantener unido al grupo con un inglés recién estrenado y matizado de gestos que los orientales cogían al vuelo sin mucha convicción. Éstos seguían al guía con ciertos síntomas de asombro o admiración, con la boca abierta y desbordada de dientes, y los ojos rayados, al borde de la ceguera, como si estuvieran fascinados por la belleza del varón occidental o bien porque no entendían un fonema de lo que les iba describiendo Pierre, el guía que les había sido asignado para su visita aquella mañana al Palacio del Louvre. ¾Mr. Pierre, al grupo le gustaría ver el cuadro de la Mona Elisa ¾dijo uno de los orientales saltándose el protocolo de la visita guiada. ¾¿La Mona Elisa, ha dicho usted? ¾Pierre se imaginó por unos momentos la jaula de un zoológico y pensó que el oriental se había equivocado de atracción de feria: los museos son la atracción de feria de los pseudointelectuales. ¾Sí, ese cuadro del italiano Leonardo da Vinci. ¾¡Ah! ¡La Monna Lisa! ¾Pierre no pudo reprimir una sonora carcajada, pues no se imaginaba a la esposa de Francesco del Giocondo dando saltos mortales en una jaula y subiéndose por los barrotes en un ejercicio de alpinismo circense y grosero cuya finalidad no era otra que la recompensa de un plátano. ¾Eso, eso… ¾La Gioconda se encuentra en la segunda planta, en el ala Denon, en la sala de los pintores italianos, junto a «La bella Ferronière», «La Virgen, el niño Jesús y Santa Ana» y el «San Juan Bautista», obras también del pincel de Leonardo. Pero terminemos con esta sala de la escuela francesa… Aquí, por ejemplo, tenemos «El juramento de los Horacios» de Jacques-Louis David, un lienzo de 3,30 x 4,27 que es considerado una de las piezas claves del Neoclasicismo. Como podrán observar en el cuadro, las figuras están tratadas a modo de esculturas: destaca el estatismo, la tensión muscular y el predominio del dibujo sobre el color. Tanto los personajes como los objetos están perfectamente delineados, una tendencia muy en boga en aquella época en que se intentaba volver a… Pierre llevaba apenas una semana en su nuevo oficio de guía artístico del Louvre. Se había licenciado recientemente, como bien demostraban sus conocimientos enciclopédicos, en Historia del Arte por la Universidad de la Sorbonne y había realizado un Máster sobre «Pintores italianos del Cinquecento», título este último que le había servido de pasaporte para ingresar en la leva de guías artísticos que poseía el Louvre. Eso y una bochornosa manga de su padre que era íntimo amigo de uno de los gerentes de la Pinacoteca. ¾Pero que conste que ha sido por tu Máster del Cinquecento italiano ¾le aclaraba inútilmente el gerente, monsieur Grimal, pues Pierre no se había tragado la limpieza de la oferta debido a una estúpida creencia de los recién licenciados de que los puestos de trabajo deben ser para los mejor preparados. ¾Acepto de cualquier manera ¾claudicaba Pierre ante sus principios de novato¾. Soy honrado, pero no idiota. Durante la semana que llevaba de guía le habían correspondido sendos grupos de turistas orientales, con los cuales se comunicaba a través de un inglés recién estrenado después de cinco años en una Escuela de Idiomas, título con el cual quedaba clausurado su currículum académico. ¾¡Ah…! Y un curso acelerado de mecanografía. ¾La dactilografía, hijo mío ¾le advertía chuscamente el gerente del Louvre¾, no te va a servir de nada para lidiar a un grupo de turistas paletos, que se consideran unos elegidos por llevar a sus casas las fotografías de cuatro pintores de renombre. Si supieran que la mayor parte de los cuadros que retratan con sus cámaras son imitaciones, eso sí muy buenas, y que los originales los guardamos en las bodegas… Tras terminar con la sala de pintura francesa, en la que desmenuzó con la minuciosidad de un grand chef los lienzos de Georges de La Tour, Watteau, Géricault, Ingres o Delacroix, entre otros, Pierre dirigió el grupo hacia la planta superior, en donde se encontraba la galería de los pintores italianos. Antes de entrar en el ala Denon, Pierre hizo un recuento de los orientales, pues éstos tenían fama de convertirse en estampida cuando cruzaban el frontispicio de un museo, olvidando la severidad de las costumbres y la marcialidad de la instrucción civil recibida en la tierra del Sol Naciente. ¾… veintitrés, veinticuatro y… ¡mierda!, me falta un chino. Pierre miró a su alrededor y no encontró el chino que le faltaba. El Louvre a aquellas horas parecía una convención de la ONU en plena cuchipanda oficial. Sin embargo no había rastro de ningún oriental más en un radio de cincuenta metros a la redonda: lo que su vista acertaba a alcanzar por encima de la gran cabeza de la muchedumbre. Así que, bajando de nuevo la amplia escalinata de mármol que comunicaba las dos plantas principales del Palacio, se dirigió hacia la sala de los pintores franceses, no sin antes disuadir al resto del grupo para que se mantuviera unido en aquel mismo lugar, so pena de ser mortificados (la mongoloide es una raza bastante proclive a las fantasías más o menos lúgubres) por la reencarnación de un sátiro que se disponía a profanar el sueño de Antíope en un cuadro de Correggio, pintor manierista del XVI, que daba la bienvenida a la nueva sala. Después de mucho buscar, Pierre encontró a la oveja descarriada examinando con descarada meticulosidad el cuadro de Gericault, «La balsa de la Medusa», (a unos milímetros de distancia del lienzo, trazaba en el aire con sus dedos el contorno de los náufragos). Y, efectivamente, era oveja y no carnero, pues se trataba de una hermosa muchacha oriental, de pelo largo y negro, que, de no ser por los ojos rasgados, Pierre hubiera jurado que aquel rostro femenino lo había visto ya en alguna parte. Sobre todo aquella sonrisa lánguida y algo forzada con que la muchacha trató de disculpar la demora.
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